EL RÍO QUE DA VIDA
Juan 7:37-39
Jesucristo es el manantial divino, con él está el manantial de la vida (Salmo 36:9) y él da ese manantial, esos ríos de agua de vida, a todo aquel que en él cree. El que le cree recibe en su interior esa fuente de agua de vida (Juan 4:13,14) que es vida de Dios, vida eterna y vida abundante (Juan 10:10). Esa fuente es la presencia del Espíritu Santo de Dios.
Es el río de Dios que sacia la sed del ser humano, Juan 6:35.
Sacian la sed de recibir la revelación de la existencia del que existe y lo ha creado todo, de la existencia de Dios. De llenar ese vacío que todos llevamos en nuestro interior y que solo puede ser llenado con la presencia del que nos creó.
Sacian la sed de eternidad que tenemos todas las personas.
Sacian la sed de verdadera identidad y propósito.
Sacian la sed de verdad, libertad y justicia.
Es el río de Dios que sana, Ezequiel 47:9.
Sana el daño que nuestro propio pecado ha causado en todo nuestro ser.
Nos hace libre de todo lo que viene a esclavizarnos.
Sana las heridas que nuestra alma ha recibido.
Nos consuela del sufrimiento y nos capacita para superarlo.
Es el río de Dios que nos protege y libra de toda maldad del enemigo de nuestras almas, Isaías 59:19.
Es el río de Dios que nos lleva a ser trascendentes, a tener propósito y a llevar fruto, aun en los peores momentos de nuestra vida, Salmo 1:3.
Es el río de Dios que nos trae y renueva el gozo de la salvación en nosotros; gozo que es nuestra fuerza, Salmo 46:4; Nehemías 8:10.
Ese río nunca se secará porque viene de la misma presencia de Dios y de quien es el Salvador de nuestras vidas, quien ya venció al mundo y es digno por siempre de sentarse a la diestra del poder de Dios, Apocalipsis 22:1.
